jueves, 4 de septiembre de 2014

¡Jesús lloró!


Lección Domingo 07 de Septiembre

JUAN 11:28 AL 37
1° PEDRO 3:8

INTRODUCCIÓN

     Cuando Marta se encontró con Jesús en las afueras de Betania, su hermano ya llevaba cuatro días de estar en el sepulcro. Ella se lamentaba de que si Jesús hubiese estado allí, su hermano no hubiese muerto. En respuesta a su dolor, Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (11.25–26). Las palabras de Jesús proveen una poderosa motivación para creer.

     La fe es trabajo duro y una persona perezosa simplemente no hará el esfuerzo. No creemos simplemente porque queremos creer, pero jamás creeremos si no queremos creer. La fe entraña dedicación, obediencia, sacrificio, y a veces, lágrimas. Sin embargo, es una rica promesa la que se nos hace a todos los que creemos.

     En relación a esto, la fe es como el trabajo duro en la universidad; el estudiante lo hace por la promesa de que obtendrá un empleo bien remunerado.

    El trabajo duro en nuestros estudios es recompensado con una buena paga o un ascenso laboral. No se equivoque con esto: La fe no hace que se gane recompensa, pero son las promesas de Dios las que nos motivan a continuar en el largo, difícil  y a veces atribulado camino a la fe.

DESARROLLO

    Después de un breve intercambio de comentarios con Jesús, Marta volvió a casa y le dijo en secreto a su hermana: “El Maestro está aquí y te llama” (v. 28). Sin explicar lo que hacía, María se levantó y salió al encuentro de Jesús. Los judíos que habían venido de Jerusalén a Betania a acompañar a las hermanas, la siguieron al salir ella de su casa, creyendo que se dirigía a la tumba de Lázaro a llorar.

    Cuando María llegó donde Jesús, “se postró a sus pies” (v. 32), en contraste con su hermana, la que en forma más controlada había hablado con él más temprano el mismo día. El que María se postrara delante Jesús nos muestra que a ella no le preocupaban el orgullo ni la apariencia. El dolor de su corazón había opacado cualquier otra emoción. Luego, María repitió las palabras de su hermana: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiese muerto” (v. 32).

   Lo que sucedió a continuación podría ser considerado “la esencia” del relato. Esto fue lo que Juan escribió, (vv 33-35) Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo:

¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró (v. 33–35).    Podemos suponer que, quien  al estar ausente, supo por sí mismo que


Lázaro había muerto sabría también donde habían puesto su cadáver; pero el hecho de que Cristo, al poseer dos naturalezas perfectas y perfectamente distintas, dispusiese también de dos fuentes distintas de información, nos hace pensar que ahora quiere echar mano de la fuente de información que le era común con nosotros y pregunta con el sincero deseo de saber por ellos en que tumba habían colocado a su amigo.    

   “Jesús Lloro” El verbo significa<derramar lágrimas> en silencio. Es la primera vez que el verbo usado en el verso 35 ocurre en todo el nuevo testamento. Es también este el versículo más corto del nuevo testamento, pero ¡que profundidad en estas dos palabras! Dos veces lloro el Señor Jesús por otros (Lc.19:41), y una vez (en Getsemaní; v Heb 5:7) por sí mismo. En todas ellas, dio una prueba elocuente de ser hombre perfecto y de que el llanto no es algo indigno de un hombre. Su llanto era humano en los dos sentidos  de la palabra; humano, por ser hombre como nosotros, aunque sin pecado y humano en sentido de benigno y compasivo. Como esta profetizado de él, era <<varón de dolores y experimentado en quebrantos>> (Is.53:3) no se nos dice en los evangelios  que Cristo se riera una sola vez, pero sí que lloro en tres ocasiones: las lágrimas de compasión son, pues, dignas de un cristiano, ya que nos hacen asemejarnos más a Cristo.

                  Con las lágrimas de Jesús se suscitaron diversas reacciones en quienes asistían al acto.

(a)   Algunos lo echaron a buena parte, pues decían: <<Mirad como le amaba>>, según vemos en el versículo 36.  Parecían asombrados de que Jesús mostrara tanto afecto a uno que no era pariente suyo. Pero la misma escritura nos dice que <<hay amigo más unido que un hermano>> (Pr. 18:24) Es, pues, también muy apropiado que los creyentes, al seguir el ejemplo de Cristo, mostremos afecto hacia nuestros amigos, tanto vivos como difuntos. Aun cuando nuestras lágrimas de nada les sirvan a los muertos; son como bálsamo para su recuerdo. Si por unas lágrimas que derramo junto a la tumba de Lázaro, decían:<<Mirad como le Amaba>>, con cuanto mayor razón hemos de decir de nosotros: <<Mirad como nos amó>>, hasta el punto de dar su vida por cada uno de nosotros.

(b)  Pero otros hicieron un maligno comentario, al decir:   - ¿No habría podido Éste, Que le abrió los ojos al ciego, haber hecho que no se muriera Lázaro? (v37) Resonaban de la manera siguiente:<<Si hubiese podido impedir que Lázaro muriera, lo habría hecho; como no lo hizo, parece claro que no pudo>>. En realidad, esto nos hace sospechar que lo de la curación del ciego fue una postura. Pero Cristo no tarda en convencer y avergonzar a estos murmuradores, pues resucito a Lázaro, lo cual fue mayor milagro que el haber impedido que muriera. Y, si quiso y pudo resucitar a un muerto, con mayor evidencia pudo curar a un ciego de nacimiento.

CONCLUSIÓN

    Aunque Jesús era perfecto, pasaba por experiencias humanas. Su llanto, su dolor, su amor, el hecho de sentirse conmovido, todo demostraba que era verdadero hombre con emociones propias de los hombres (Is. 53:3; 63:9a; Mr. 14:34; He. 4:15). Como Dios, Jesucristo era poderoso para resucitar muertos y vencer el poder de la muerte. Como hombre perfecto, se identificaba con los hombres y lloraba.

    Es importante destacar que Jesús no lloró por desesperación, sin saber qué hacer frente a la muerte.  Tampoco lloró creyendo que no lo vería más pues sabía muy bien que lo vería en el cielo. Lloró porque era hombre, y el alma humana se conmueve. Es anormal cuando un cristiano cree que es señal de espiritualidad no llorar ni mostrar emoción ni tristeza cuando alguien muere. En nuestro espíritu estamos seguros de que veremos nuevamente al ser querido, pero el alma humana dejaría de ser tal si no llorara, sufriera y se conmoviera por la enfermedad, el dolor, la muerte o los desastres.

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