sábado, 7 de febrero de 2015

LA FE QUE VENCE AL MUNDO

Lección Escuela Dominical Domingo 01 de Febrero 2015

JUAN 16:25 AL 33
APOCALIPSIS 3:21

INTRODUCCIÓN
  
Hasta este momento los discípulos, en sus oraciones, se habían dirigido directamente a Dios, sin mencionar el nombre de Jesús. No como si la simple mención del nombre pudiera ayudar. Ciertamente, cuando el creyente concluye la oración diciendo, “Todo esto lo pedimos en el nombre de Jesús”, no utiliza una fórmula mágica. Lo que quiere decir es, “pedimos todo esto sobre la base de los méritos de Cristo y de acuerdo con su revelación redentora”. El punto principal es éste, que de ahora en adelante debe haber un cambio. Por eso Jesús continúa: Pedid, y recibiréis. “Seguid pidiendo”, dice. Según la afirmación que precede, quiere decir, “Seguid pidiendo en mi nombre”. La promesa, “y recibiréis”, es la misma, en esencia, que la que se encuentra en el Sermón del Monte (Mt. 7:7). Cualquiera que pide en el espíritu de la revelación de Cristo—en consecuencia, de acuerdo con la voluntad de Dios, para la extensión de su gloria, sobre la base de los méritos de Cristo—recibirá.


DESARROLLO

  v.25 La expresión “estas cosas” se refiere a todas las palabras que Jesús pronunció en esa noche memorable, y (a la luz de lo que sigue) probablemente incluso a toda su enseñanza previa. Había habido alegoría tras alegoría. De hecho, incluso se puede decir que el dicho velado era la esencia misma de la enseñanza de Cristo. El discurso a menudo se centra en (o nace de) la alegoría. Quizá porque nos hemos acostumbrado a estas alegorías a menudo olvidamos cómo deben haber turbado a los que los oían por primera vez. Sin embargo, esta desorientación era muy real. Una reacción común era, “¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser aquello?”  Jesús había hablado acerca de levantar el templo en tres días, nacer de nuevo, agua viva que apaga la sed de una vez por todas, ríos de agua que brotan de dentro de los creyentes, personas que nunca verían la muerte; también acerca de sí mismo, como aquél cuya carne debe comer el creyente y cuya sangre debe beber, como el que fue antes de Abraham en el
tiempo, como el buen pastor que da la vida por los suyos; acerca de un misterioso traidor (cuya identidad permaneció oculta durante un período considerable de tiempo); y acerca de un enigmático “un poco”, que iba a ser seguido de otro igualmente sorprendente “poco” (véase en 2:19; 3:3, 5; 4:10, 14; 6:35, 50, 51, 53–58; 7:37, 38; 8:51, 56, 58; capítulo 10;
13:18; 21; 16:16–19). Ahora Jesús revela que está a punto de comenzar una nueva era: La hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre. En estos momentos Jesús todavía se ve impedido de hablar plena y abiertamente, se ve detenido debido a la incapacidad de los oyentes (16:12), debido al hecho de que todavía no había dado su vida como rescate por muchos, y debido al hecho adicional de que el Espíritu todavía no había sido derramado (16:13). Hasta que el Varón de Dolores haya sufrido de hecho y haya muerto en la cruz y hasta que haya resucitado, no se puede revelar plenamente la cruz. El Padre no puede ser revelado plenamente hasta que el Ayudador haya llegado. La revelación del amor del Padre al entregar a su propio Hijo y al enviar al Espíritu debe permanecer velada por un tiempo. Pero se acerca un gran cambio. En la era del Espíritu esta revelación (aunque por  necesidad adaptada a la mente humana finita) será clara, libre, abierta, completa. Ya no se caracterizará por alegorías.
   v.28 Verdaderamente hermosa y llena de majestad es la conclusión de la despedida de Cristo de sus discípulos. Prevalece el tono victorioso. Contemplamos al Hijo del hombre en plena conciencia de su triunfo. Cada una de las palabras transmite exultación por el cumplimiento de la tarea que la había sido asignada. Cada expresión está llena de una determinación firme de llevar a cabo la voluntad del Padre. En principio la batalla ya ha sido realizada. Véase especialmente el versículo 33: “yo he vencido al mundo”. El pasaje incluye tres hechos o movimientos centrales en la historia de la redención, pero debido al hecho de que el tercero se considera desde dos aspectos tenemos en realidad cuatro partes, en esta forma:
Primero, “salí del Padre”. Se refiere a la divinidad perfecta de Cristo, a su preexistencia, a su salida del cielo, como revelación nacida de amor, para morar en esta tierra maldecida por el pecado. Cf. 2 Co. 8:9.
Segundo, “He venido al mundo”. Esto describe la encarnación de Cristo y su ministerio entre los hombres. El término mundo tiene el mismo significado que en el versículo 21.
Tercero y cuarto, “Otra vez dejo el mundo, y voy al Padre”. Nótese el tiempo presente de ambos verbos. La senda del sufrimiento, crucifixión y ascensión es, por un lado, una salida del mundo; por otro, es un ir al Padre. Sobre la base de esta obediencia voluntaria que Jesús está a punto de rendir, el Padre (en el Espíritu) promueve una amorosa comunión con los suyos.
  Los discípulos están tan impresionados con la claridad y precisión de las palabras de Cristo y con su evidente conocimiento de todo el plan de Dios, que imaginan que ya ha llegado el momento en el que la comunicación clara, sin trabas, completa y libre, tomaría el lugar de la comunicación en alegorías. En esto estaban equivocados. Sin embargo, Jesús no trata de corregirlos. Se corregirán a sí mismos cuando llegue la hora futura.
v. 33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. “Estas cosas” incluye todo lo que Jesús dijo a sus discípulos esa noche. Les había hablado acerca de sí mismo, informándoles (como tan a menudo había hecho) que había venido del Padre, había entrado en el mundo, salía de nuevo, y estaba a punto de volver al Padre. Había destacado que alguien que comía en su mesa lo traicionaría; que alguien lo negaría tres veces, y esto nada menos que Pedro; que sería objeto de odio; que el mundo se regocijaría en su muerte; y que sus propios discípulos lo abandonarían en el momento de crisis. El cumplimiento de estas profecías fortalecería naturalmente su fe en él (véase sobre 16:1, 4). Y a través de la fe obtendrían la mayor de todas las bendiciones, a saber, la paz. En el mundo tenéis tribulación; pero tened ánimo, yo he vencido al mundo. En vista de todo lo que precede en este capítulo—la promesa de la venida y acción del
Espíritu, la predicción del glorioso retorno del Hijo, la seguridad del amor permanente del Padre—no sorprende que el capítulo concluya con una nota de triunfo. Habiendo ya llegado al fin del sendero, Jesús puede echar la vista hacia atrás y decir, “he vencido’. Sin embargo,  el tiempo pasado  también indica certeza respecto a la batalla pendiente. El triunfo es seguro. Jesús se había entregado totalmente. En consecuencia, puede hablar como si el Calvario ya ahora quedara detrás de él.


CONCLUSIÓN


   El Padre ama a los que aman al Hijo. Estos hombres han aceptado a Jesús como el que vino del Padre y retorna al Padre. Confiesan su fe. Jesús corrige su exceso de confianza. Les dice que cuando llegue la crisis lo abandonarán; sin embargo, el Padre está con él. Con una afirmación sin paralelo en cuanto a belleza y estímulo espiritual Jesús llega al punto culminante de su discurso. Dice, “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero tened ánimo, yo he vencido al mundo”. Implicación: “vosotros con toda certeza también venceréis”.

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