lunes, 8 de junio de 2015

LA RESTAURACIÓN DE PEDRO. AYUDA EN TIEMPOS DIFÍCILES

Lección Domingo 14 de Junio de 2015

JUAN 21: 15 AL 19
FILIPENSES 3:8

INTRODUCCIÓN

   Cuando los discípulos estaban terminando su comida, Jesús se volvió a Pedro y le hizo la pregunta que éste más temía, pero que más necesitaba escuchar: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?” (21.15). Con esa simple pregunta Jesús dejó al descubierto el pecado de Pedro y abrió, como con lanceta, la herida espiritual que amenazaba con tomar el alma de Pedro. Si el pecado de Pedro no hubiera sido confrontado directamente, si él no se hubiera arrepentido de ese pecado, ni hubiera sido perdonado del mismo, el gran apóstol Pedro podría haberse pasado el resto de su vida lleno de amargura y sintiéndose destrozado —hubiera sido simplemente otro pescador de Galilea. Jesús lo amaba demasiado como para dejar que esto le sucediera.

DESARROLLO 

A. El encargo a Pedro (15–17) Cuando alguien ha fracasado, es necesario que otro venga y lo levante. En este caso, el Señor Jesús toma sobre sí la responsabilidad de hacerlo con Pedro. Hubo fracaso, negación, llanto y arrepentimiento de parte del apóstol impulsivo, y en su alma todavía faltaba un empuje final hacia la vida de victoria.
    Muchos cristianos creen que ciertas acciones pasadas fueron tan malas que Dios no puede perdonarlos, o se sienten tan abrumados por el sentido de culpa que creen que han pecado contra el Espíritu Santo e imaginan que ya no hay esperanza para ellos. Sin embargo, el hecho de que un cristiano se sienta de esa manera es prueba de que el Dios viviente aún está obrando en su vida.
     Aunque hayamos deshonrado al Señor con un fracaso, una caída o una negación, él nos ama y desea restaurarnos. Si hemos negado al Señor y nos hemos avergonzado de él, debiéramos arrepentirnos de todo corazón.
Jesús en realidad estaba diciendo: “Pedro, mi querido amigo, me negaste pero ¿me amas?” Por supuesto que el Señor sabe todas las cosas. Sabía que Pedro lo amaba. No obstante le decía: “Pedro, lo importante para mí es que me amas. ¿Me negaste? Lo sé. ¿Te abochornaste de mí? No te lo echo en cara. Ahora estás arrepentido en tu alma y estás perdonado. ¿Pedro, me amas?” Las tres veces Pedro dice que sí, y Juan señala que la tercera vez el apóstol se entristeció, tal vez al recordar que tres veces había negado a su maestro.
      El mensaje del Señor a su amigo era: “Pedro, me fallaste y me negaste; tus amigos lo saben y tal vez te condenen por ello. Sin embargo, te doy una nueva tarea.” Jesús da su mensaje a Pedro en presencia de los demás, por lo tanto es un mensaje para todos. Las tres repeticiones en verdad fortalecen su argumento.

1. “Apacienta mis corderos (15). Cuando el Señor le preguntó a Pedro si lo amaba “más que éstos”, usó la palabra griega AGAPE, que significa amor perfecto, un amor tal como nos fue manifestado en la cruz y sólo como Dios puede dar. Cuando, por otra parte, Pedro contestó: “Sí, Señor. Tú sabes que te amo”, utilizó la palabra griega FILEO, que significa amor fraternal. El Señor le estaba preguntando a Pedro si éste le amaba con aquel amor perfecto que le juró cuando prometió ir a prisión y hasta morir por el Maestro, pero Pedro sólo podía decir que sentía un gran afecto, una sincera amistad. La respuesta de Jesús es: “Apacienta mis corderos.” Los corderos son los recién nacidos, los nuevos creyentes en Cristo. El Señor utiliza la figura de corderos y ovejas para describir a su pueblo, y señala que aquéllos necesitan ser apacentados. “Apacienta a los niños, a los recién convertidos, a los jovencitos espirituales.”

2. “Pastorea mis ovejas” (16). Por segunda vez el Señor Jesús le preguntó a Simón Pedro si lo amaba (AGAPAO) con amor divino y perfecto, y por segunda vez Pedro sólo pudo expresarle FILEO, su afecto fraternal. No obstante, Jesucristo le dijo: “Pastorea mis ovejas” Las ovejas necesitan ser pastoreadas  aunque sean mayores de edad, aunque hayan pasado muchos años en la obra del Señor. Todos necesitamos ese cuidado especial. Aunque hayamos tenido extraordinarios maestros de la Biblia, y además tengamos por íntimos amigos a algunos de los mejores predicadores del mundo, igualmente necesitamos ser pastoreados.

3. “Apacienta mis ovejas” (17). La tercera y última vez que Jesús hace la pregunta a Pedro, se pone al nivel del discípulo. “¿Me amas (FILEO)”? Era como si le dijera: “¿Eres realmente mi amigo? ¿Sientes sincero afecto por mí? ¿Puedo fiarme de tus palabras esta vez?” No es extraño que Pedro hubiera sentido dolor ante esta pregunta, ya que seguramente le hizo recordar el dolor de la negación, que ocurrió poco después que Pedro le prometiera al Señor un amor dispuesto a la entrega y al sacrificio. Pedro había aprendido la lección y se había visto a sí mismo tal como era: incapaz de prometer más que una sincera amistad.
     Esto era una nueva honestidad por parte del discípulo. Ya no pretendía ser capaz de dar aquello que no había tenido fuerzas de ofrecer. Su pretensión y arrogancia habían desaparecido. Ya no se atrevía a sugerir que conocía las cosas mejor que su Señor. Por primera vez le responde a Jesús en forma sencilla, pero apelando a la omnisciencia de Cristo: “Tú sabes todas las cosas. Tú sabes que te amo.” El Señor Jesús había cambiado su pregunta para con Pedro a fin de no pedirle más de lo que Pedro podía dar. Y el discípulo estaba dando lo que Cristo desea de cada cristiano: un corazón sincero, contrito y humilde.
    En esta ocasión las palabras del Señor fueron: “Apacienta mis ovejas.” A veces aun las ovejas, los mayores en la fe, necesitan ser alimentadas. Esa también sería la labor de Pedro, y por consiguiente de todos los que están al frente de la grey del Señor.

B. La revelación a Pedro (18–19) Pedro había sido muy confiado en sí mismo, y eso es en cierta manera aceptable cuando uno es joven en la fe.   Sin embargo, en sus años maduros tendría que aprender a ir donde Cristo le ordenaba, no adonde él mismo quería. Tendría que hablar cuando el Señor le daba la libertad de hacerlo, no cuando a él le parecía.
     Además es posible que el Señor Jesús le esté indicando que moriría de una manera espectacular y distinta a la mayoría. Aunque la Biblia no lo señala, la historia de la iglesia indica que Pedro murió crucificado en Roma, y que pidió ser crucificado cabeza abajo ya que no merecía morir como su Señor. Si en verdad, entonces, Pedro murió crucificado, demuestra que si el Señor quiere que muramos de manera trágica por amor a él, ninguna negación de su nombre lo impedirá. Y si por el contrario el Señor, no desea tal muerte trágica para nosotros, ello no habrá de suceder (como en el caso del apóstol Juan, que murió en la vejez).
Es evidente que Pedro murió trágicamente pues la Biblia habla de una muerte que glorificó a Dios.
   El Señor concluye la conversación ordenándole que lo siga.

CONCLUSIÓN

    La última etapa del camino de restauración, que Jesús le trazara a Pedro, llegó con la palabra: “Sígueme” (21.19). Jesús había utilizado esta palabra para llamar a sus discípulos desde el comienzo de su ministerio temprano, y él utilizó la misma palabra al cierre de su encuentro con Pedro en la playa aquella mañana. La expresión “¡Sígueme!” es la esencia de aquello a lo que Jesús llama a todos sus discípulos a hacer, incluyéndonos a nosotros. La expresión “¡Sígueme!” no es para describir un nivel de crecimiento; es para señalar una dirección. No tiene nada que ver con nuestro pasado ni es para compararnos con otros discípulos. No excluye a los débiles, ni a los jóvenes, ni a los inmaduros. Llama a todos, allí donde cada uno se encuentra en ese momento, a comenzar la marcha en dirección a Jesús. Pedro había andado un largo camino, pero había retrocedido una gran distancia.

    ¡En su triunfo y en su tragedia, el llamado que Jesús le hizo a Pedro fue el mismo: “Sígueme”! Este mandamiento directo es el llamado que Jesús hace hoy día.

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