martes, 14 de junio de 2016

Una iglesia que camina en comunión

Lección Domingo 22 de Mayo de 2016
Hechos 11.25-30
Texto: Hebreos 13.16

Los salvados crecen en Antioquía 

Puesto que Bernabé era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe, una gran multitud fue agregada al Señor. No fueron simplemente su predicación y su enseñanza, sino también su vida demostró ser un testimonio de suma eficacia. 

Este crecimiento numérico le hizo ver a Bernabé que necesitaba ayuda. Sin embargo, no envió a pedir nadie de Jerusalén. Dirigido por el Espíritu — podemos estar seguros — fue a Tarso en busca de Saulo. Puesto que él había sido el que se había tomado el tiempo y hecho el esfuerzo para averiguar detalles sobre Saulo y presentárselo a los apóstoles en Jerusalén anteriormente (Hechos 9:27), era obvio que sabía lo que Dios había dicho sobre enviar a Pablo a los gentiles (Hechos 22:21). Había llegado el momento señalado por Dios para que comenzara su ministerio. 

Es posible que la búsqueda de Saulo le tomara algún tiempo. Cuando Bernabé lo encontró, lo trajo consigo a Antioquía. Entonces los dos se convirtieron en los principales maestros de la iglesia local; reunían a los creyentes y enseñaban ante una numerosa multitud. 



Era obvio que a estos gentiles no se les podía dar un nombre judío, ni se les podía seguir considerando una secta judía. Necesitaban un nombre nuevo. Los soldados que se hallaban bajo las órdenes de determinados generales en el ejército romano, tomaban con frecuencia el nombre de su general y le añadían el sufijo "iano" (en latín, ianus; en griego, ianos), para indicar que eran soldados y seguidores de aquel general. Por ejemplo, los soldados de César eran llamados cesarianos, y los de Pompeyo, pompeyanos. También se nombraba a los partidos políticos con el mismo tipo de sufijo. 

Así fue como el pueblo de Antioquía comenzó a llamarles Christiani a los creyentes, que era tanto como llamarlos soldados, seguidores o partidarios de Cristo. Hay quienes piensan que primero se les daba este nombre en forma despectiva, pero no hay grandes evidencias a favor de esta opinión. Los creyentes no rechazaron el nombre. Era cierto que se hallaban en el ejército del Señor, y revestidos con toda la armadura de Dios. (Vea Efesios 6:11-18.) Sin embargo, se debe tener en cuenta que el término "cristiano" sólo se vuelve a usar en el Nuevo Testamento en Hechos 26:28 y en 1 Pedro 4:16. La mayor parte del tiempo, los creyentes se siguieron considerando los discípulos, los hermanos, los santos, los del Camino, o los siervos (esclavos) de Jesús. 


Agabo profetiza una gran hambre 

"En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo". 

Las diversas asambleas de creyentes siguieron en contacto unas con otras. Después de Bernabé, hubo otros que llegaron desde Jerusalén para animar a los creyentes de Antioquía. De hecho, cuando estaba terminando el primer año de Saulo en Antioquía, llegaron varios profetas de Jerusalén. Estos eran hombres usados de forma constante en el ministerio del don de profecía para edificación (para construir espiritualmente y confirmar en la fe), exhortación (para despertar, dar valor y alentar a cada creyente a ir más allá en su fidelidad y su amor), y consolación (para alegrar, reavivar y alentar la esperanza y la expectación). Por tanto, su ministerio tenía que ver con las necesidades de los creyentes a los que ministraban. 

Algunas veces, reforzaban sus exhortaciones con una predicción sobre el futuro. Esto era más la excepción que la regla, no obstante. La profecía en la Biblia siempre en primer lugar "habla a nombre de Dios" (habla lo que El quiere, sea cual sea su mensaje), más que predecir el futuro. Pero en esta ocasión, Agabo, uno de aquellos profetas, se puso de pie e indicó por una palabra procedente del Espíritu (una manifestación del don de profecía dado directamente por el Espíritu en su propio idioma) que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada. Para ellos, esto equivalía al Imperio Romano. Aquella hambre sucedió en tiempos de Claudio César (41-54 d.C.). 



Ayuda para Jerusalén 

Mientras Bernabé y Saulo estaban trabajando en Antioquia, recibieron la ayuda de algunos profetas venidos de Jerusalén. Estos hombres fueron inspirados por Dios, y revelaban su voluntad a los cristianos. Recordemos que los primitivos cristianos no tenían el Nuevo Testamento; necesitaban una guía especial de Dios. Como antes lo mencionamos uno de estos profetas,fue Agabo, quien predijo la venida del hambre. Esta hambre ocurrió durante el reinado de Claudio, y varios historiadores de aquella época la mencionan. 

Cuando la iglesia de Antioquia oyó de esta próxima calamidad, inmediatamente hizo planes para mandar auxilios a los cristianos que vivían en Judea. ¿Por qué hicieron esto? En primer lugar, en la iglesia de Jerusalén había mucha gente pobre, y sentiría el hambre más severamente aún. En segundo lugar, los cristianos de Judea eran muy perseguidos por los líderes judíos. Tercero, esta dádiva de los gentiles de Antioquia a los judíos cristianos de Jerusalén era una muestra de amor y de unidad; el evangelio había derribado las barreras del prejuicio. En cuarto lugar, este regalo era una manifestación material de gratitud por el don espiritual que Antioquia había recibido de Jerusalén. 


Condescendencia por la bendición del Evangelio 

Como los discípulos de Antioquía sentían gratitud por las bendiciones y la enseñanza que les habían llegado de Judea, decidieron que cada uno de ellos contribuiría de acuerdo con su capacidad (según era prosperado), y enviaron su socorro. Esto lo hicieron, enviándolo no a los apóstoles, sino a los ancianos de Jerusalén, por medio de Bernabé y Saulo. Probablemente fuera alrededor del año 46 d.C., cuando la Judea era azotada de forma especialmente dura por el hambre.

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