martes, 20 de septiembre de 2016

El Concilio de Jerusalén: los requisitos del nuevo Reino

Lección Domingo 28 de Agosto de 2016
Hechos 15.22 al 29
Texto: Gálatas 1.7-8


INTRODUCCIÓN 

NINGUNA CARGA MAYOR 

La Palabra de Sabiduría del Espíritu fue que no se inquietara más a los creyentes gentiles (con más exigencias a su fe y a su conducta). En cambio, debían escribir una carta en la cual se les dijera (orientara a) que se apartaran (abstuvieran) de las contaminaciones de los ídolos (todo lo relacionado con la adoración de ídolos), de la fornicación (los diversos tipos de inmoralidad hetero y homosexual practicadas habitualmente por tantos paganos gentiles), de ahogado (animales matados sin desangrar), y de sangre. Estas eran las cosas que se les debían pedir a los gentiles, y no con el propósito de colocarlos bajo el peso de una serie de normas. Más bien era por los creyentes judíos y por el bien del testimonio de las sinagogas en cada ciudad en que habían estado por generaciones, desde tiempos antiguos. Las dos primeras peticiones, apartarse de la contaminación o de las cosas contaminadas de la idolatría y de todas las formas de inmoralidad sexual, eran por el bien del testimonio judío a favor del único Dios verdadero y las altas exigencias morales que surgen cuando se tiene un Dios que es santo. Los gentiles no debían conservar nada que hubiera formado parte de su antiguo culto a los ídolos, ni siquiera como herencia de familia, y aun cuando ahora ya sabían que aquellas cosas carecían de significado y no podían hacer daño. Sus vecinos idólatras lo interpretarían mal y supondrían que el culto a Dios se podía mezclar con el culto o las ideas paganas. 

También había que recordarles a los creyentes gentiles las altas normas de moral que Dios exige. Ellos procedían de un fondo cultural en el cual se aceptaba la inmoralidad, e incluso se fomentaba en nombre de la religión. Hizo falta una gran cantidad de enseñanza para lograr que se dieran cuenta de que las cosas que todos los demás hacían estaban mal hechas. Pablo tuvo que tratar en varias de sus epístolas con gran severidad asuntos relativos a problemas de inmoralidad. (Vea Romanos 6:12, 13, 9-23; 1 Corintios 5:1, 9-12; 6:13, 15-20; 10:8; Gálatas 5:19-21; Efesios 5:3, 5; Colosenses 3:5, 6; 1 Timoteo 1:9, 10).

Las dos solicitudes segundas tenían por objeto promover las relaciones entre los creyentes judíos y los gentiles. Si había algo que le revolvía el estómago a un judío creyente, era comer carne que no hubiera sido desangrada, o comer sangre. Si se les iba a pedir a los creyentes judíos que cedieran mucho al comer comida que no fuera kosher (pura) en las casas de los creyentes gentiles, entonces los creyentes gentiles podían ceder ellos también un poco, y evitar servir y comer aquellas cosas que ningún judío, por mucho tiempo que llevara en su nueva fe, podía soportar en el estómago. 





DESARROLLO 

RECORDANDO LOS SUCESOS QUE LLEVAN AL CONCILIO 

El concilio de Jerusalén, del cual trata este capítulo, es otro hito importante en la historia de la Iglesia. Los dirigentes de la Iglesia en Jerusalén estuvieron satisfechos con el relato de Pedro sobre la forma en que Dios había aceptado a los gentiles incircuncisos de Cesárea y los había bautizado en el Espíritu Santo. Después, según Gálatas 2:1-10, cuando Pablo visitó Jerusalén y presentó el Evangelio que predicaba en medio de los gentiles, le dieron su aprobación a su mensaje y no exigieron que Tito fuera circuncidado. 

Un poco después (Gálatas 2:11-16), cuando Pedro llegó a Antioquía de Siria, disfrutó de la fraternidad de la mesa con los gentiles y comió comida que no era kosher (pura) con ellos, como había hecho en la casa de Cornelio. Pero entonces, llegaron algunos creyentes judíos de parte de Jacobo (no enviados oficialmente, sino enviados a ayudar y animar a los creyentes. No obstante, es probable que fueran fariseos convertidos, todavía estrictos en cuanto a que los creyentes judíos debían conservar las costumbres tradicionales. Por miedo a ellos, Pedro dejó de comer con los gentiles y se apartó de su compañía; su ejemplo había afectado a los otros creyentes judíos de Antioquía. Hasta Bernabé se había dejado llevar por esta hipocresía. Por ese motivo. Pablo tomó posición contra Pedro y lo hizo enfrentarse con la hipocresía que significaba lo que estaba haciendo (Gálatas 2:14).

Más tarde, después de la visita de Pedro, llegaron otros creyentes judíos de nombre desconocido a Antioquía, procedentes de Judea, y fueron un paso más allá. Comenzaron a enseñarles a los hermanos gentiles que a menos que se circuncidaran de acuerdo con el rito de Moisés, no podían ser salvos. 

Estos maestros, que más tarde serían llamados "judaizantes", no negaban que aquellos gentiles fueran creyentes bautizados en el Espíritu Santo. Pero la salvación de la que hablaban era la salvación definitiva por la que recibiremos nuestro nuevo cuerpo (en el rapto de la Iglesia) y seremos transformados. (Compare con Romanos 13:11, "Ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.") Como lo indican 1 Juan 3:2; Romanos 8:17, 23, 24 y 1 Corintios 15:57, ya somos hijos de Dios, pero todavía no tenemos todo lo que Él nos ha prometido. Así será hasta que Jesús venga de nuevo y lo veamos tal cual es; entonces nuestro cuerpo será transformado y se convertirá en semejante a su cuerpo glorificado. La promesa de Dios incluye también nuestro futuro reinado con Cristo y la conversión de la Nueva Jerusalén en nuestro hogar definitivo, así como en el cielo nuevo y la nueva tierra (2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1, 2).


Así que, lo que estos judaizantes decían en realidad era que los creyentes gentiles debían ser circuncidados y someterse al Pacto Antiguo de la Ley de Moisés; de no ser así, no podrían heredar las promesas que aún estaban por venir. Con esto también decían implícitamente que perderían todo lo que ya habían recibido si no se hacían judíos y se circuncidaban. 



CONCLUSIÓN 

LA CARTA A LOS NUEVOS CREYENTES 

Para informar a las iglesias en Antioquia, Siria y Silicia esta decisión, el concilio formuló una carta que habría de ser llevada a dichas iglesias por representantes de la iglesia de Jerusalén. La carta declaró que los gentiles iban a ser recibidos con toda libertad en la iglesia, sobre la misma base que los judíos, y señaló las restricciones que Santiago había mencionado. La carta fue llevada a Antioquia por Judas y Silas quienes viajaron al norte con Pablo y Bernabé. Judas y Silas predicaron en Antioquia por un tiempo, y entonces regresaron a Jerusalén. Más Pablo y Bernabé permanecieron en Antioquia, ministrando la Palabra de Dios. 

Esta carta especificaba con toda claridad que la Iglesia de Jerusalén no ordenaba que los creyentes gentiles debían circuncidarse y guardar la Ley. Su decisión de mandar hombres escogidos con sus amados Bernabé y Pablo, había surgido mientras se hallaban reunidos. En otras palabras, la decisión había sido unánime. Además, tanto Bernabé como Pablo eran hombres amados por ellos. Así se los recomendaban a los creyentes gentiles de Antioquía como hombres que habían expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo (es decir, por todo lo que su nombre significa: su amor, su salvación, su gracia, su persona, etc). 

Judas y Silas confirmarían personalmente todo aquello. Sólo se les pedirían las cosas necesarias, que les habían parecido bien al Espíritu y a los creyentes de Jerusalén. Si se guardaban de aquellas cosas, harían bien. "Pasadlo bien" se traduciría literalmente "fortaleceos", pero se había convertido en una frase común usada al final de una carta para despedirse. 

Cuando se generan conflictos o puntos de desencuentros frente a ciertos principios o puntos doctrinales, son las autoridades pertinentes quienes deben dilucidar, siendo guiados por El Espíritu y los fundamentos Bíblicos para llegar a consensos que permitan la unión y hermandad de sus miembros. Muchas instituciones o empresas públicas y privadas establecen una “declaración de principios”, cuanto más la iglesia para mantener la verdad y ser libre del engaño y el error. “Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32).

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