martes, 19 de mayo de 2020

Firmeza del pacto de gracia

Lección: Gálatas 3:15-18
Texto: Hebreos 6:13-14
Domingo 24 de Mayo

Introducción: En este pasaje, el apóstol continúa su argumento probando que la justificación no se consigue por las obras, ya que la promesa hecha a Abraham, no puede haberse anulado por la ley, la cual se dio mucho tiempo después de haberse dado la promesa.

Desarrollo: V.15) Aquí Pablo llama a los gálatas “hermanos”, revelando así el amor compasivo de él hacia la iglesia de Galacia. Luego el apóstol va a usar una ilustración que toma del modo de proceder de los hombres cuando estos quieren confirmar un compromiso contraídos con otros. En otras palabras: aun cuando solo se trate de un pacto humano “una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade”, con tal que sea confirmado, nadie lo cancela, abroga, desecha o le añade algo, o le sujeta a otros términos, sino , que queda en pie, permanece firme y sagrado. Si esto sucede entre los hombres, cuanto más será firme y sagrado lo establecido por Dios.
V.16) “A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente: No dice: y a las simientes, como si hablase  de muchos, sino como de uno: Y a tú simiente, la cual es Cristo”. Las Escrituras, en este caso, no mencionan pluralidad de simiente, como la carnal y la espiritual: hablan sólo de una simiente, de una línea de descendientes, a saber, la raza de los creyentes, que se asemejan al “padre de la fe”, a Abraham, ya sean judíos o gentiles. “Y a tu simiente”, la cual es Cristo: así que Cristo es la simiente de Abraham, que en sí reúne toda la raza de creyentes, formando en conjunto una línea de posteridad. Se ha dicho que toda la razón asistía a Pablo, al considerar todas las promesas como hechas a Cristo, por cuanto: Cristo era el principio de vida espiritual, tanto en Abraham como en todos cuantos a semejanza suya tienen fe; a Cristo, morando en los creyentes de edad en edad, fueron, pues, en realidad, hechas las promesas. La bendición de todas las naciones reside en Cristo y no en la descendencia carnal de Abraham.
V.17) Que el pacto establecido y hecho válido por Dios en orden a Cristo, “la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa”. La ley, que fue dada cuatrocientos treinta años después del pacto que Dios estableció con Abraham, en orden a cristo y a la justificación por sus méritos, esta ley, no puede abrogar el pacto, ni hacer nula o poner fin a la promesa. Los hombres no obran así, los pactos humanos legalmente establecidos, no se retractan ni se cambian así, mucho menos los pactos divinos. Sea cual fuere el designio de la ley, no puede haber tenido por objeto abrogar o modificar en términos nuevos, la promesa de la justificación por la fe en Cristo Jesús.
V.18) “La herencia”, a saber, las bendiciones espirituales prometidas a Abraham, si estas se adquieren por el cumplimiento de la ley, Dios se ha retractado, ha anulado la promesa, ha quebrantado el pacto. Absurdo. Si digo: “te regalo este campo sin condiciones”, y al cabo de cuatro meses te digo: “me pagarás ahora tanto por el campo”, ¿Qué me dirás? Que mi palabra no vale nada, que soy un fraude. ¿Cómo habría de obrar así el Inmutable? Dios no puede mentir (Tito 1:2; Hebreos 6:18; 1 Juan 2:25). Es cierto que, la herencia, la promesa, la bendición prometida, le vino como dádiva o donación, donación que incluye la justificación.

Conclusión: Pablo, deja establecido la absoluta firmeza del divino pacto de gracia, tan firme que la ley no lo anula. Dios es plenamente fiel y verdadero, él no muda sus promesas, por lo tanto, debemos tener plena certidumbre de que nuestra justificación por la fe en Cristo Jesús, jamás será revertida, porque descansa en su palabra y en su juramento.

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